¿Hasta cuándo vamos a mirar para otro lado?
Hoy era un día especial en casa. Mi hijo tenía una salida didáctica con su centro de estudios; una de esas actividades que rompen la rutina y los llenan de ilusión.
Habitualmente, él se va solo cerca del mediodía y yo lo espero a la tarde para volver caminando juntos. Esa es nuestra rutina. O nuestra «aventura», como prefieras llamarle, porque la verdad es que caminar por la ciudad se ha convertido en una carrera de obstáculos constante.
Como hoy el plan era distinto y yo tenía que hacer unos mandados, decidí acompañarlo hasta mitad de camino. Salimos temprano, contentos, listos para disfrutar de la mañana.
Pero no tardé ni cinco cuadras en recordar una triste verdad: la falta de empatía no tiene horario.
Lavar el auto vs. proteger una vida
Eran las 9 de la mañana. En una de las calles laterales más transitadas de la ciudad, una señora decidió que era el momento perfecto para ponerse los auriculares, estacionar su auto sobre la vereda (justo en la entrada de su garaje) y ponerse a lavarlo.
Así, sin más.
Su razonamiento implícito era letal: «Mi auto está sucio, así que vos, peatón, bajá a la calle, esquivá el tránsito en plena hora pico, poné tu vida en riesgo y no te quejes».
Y lo peor no es solo su actitud; lo peor es que lo aceptamos. Lo tenemos tan naturalizado que nadie dice nada. Vivimos bajo la premisa de que cada uno puede hacer lo que quiera sin consecuencias… a menos que ocurra una tragedia. Ahí sí, quizás, lo repensamos un poquito.
Un dato no menor: Por si alguien tiene dudas, las normativas municipales prohíben lavar vehículos en la vía pública obstaculizando el paso. Pero claro, no puedo pretender que esta señora conozca las reglas básicas de convivencia.
La incertidumbre de salir a la calle
Salí de mi casa con alegría, dispuesta a acompañar a mi hijo en un día diferente. Volví con la misma dosis de siempre de rezongo e indignación.
Siempre me prometo a mí misma no reaccionar. Todos sabemos el nivel de violencia con el que se convive diariamente en la calle y el peligro que implica discutir. Pero a veces la indignación me supera e intento dialogar. ¿La respuesta? En la gran mayoría de los casos, una prepotencia absoluta. Esos «seres» se escudan en los gritos.
Cuando la situación es reiterativa, voy por la vía legal: hago la denuncia. De hecho, hay casos puntuales que vengo denunciando hace años.
A esta altura ya no sé qué pasa:
- ¿No le llegan los correos a la intendencia o el municipio?
- ¿Las autoridades advierten a los infractores pero a ellos les da igual?
- ¿A nadie le interesa que se ponga en riesgo la vida de los demás?
Esa es la gran incertidumbre de todos los días. Salir a la calle y no saber con qué te vas a encontrar. Lo único que tengo claro es que, por lo visto, yo voy a seguir rezongando. Porque callarse es volverse cómplice.