Del trabajo invisible al karma urbano:
¿Por qué nos cuesta tanto cuidar de todos?
Paso gran parte de mi día —por no decir todo el día— en mi casa. Sí, soy «ama de casa» a tiempo completo.
Hago todo lo que ese título implica y, por supuesto, mucho más. El presupuesto manda, así que también oficio de jardinera, adiestradora de perros, encargada de mantenimiento y todo lo que se sume a la lista. Un oficio, cabe destacar, por el que no recibimos remuneración económica ni reconocimiento social. Todo ese esfuerzo suele quedar invisibilizado bajo el prejuicio de que «nos levantamos tarde a mirar novelas». Pero bueno, esa es otra indignación para otro día…
Hoy el tema es otro. Tiene que ver con el esfuerzo, el respeto y la vereda
Acto 1: La impunidad en la ventana
Mientras estudiaba frente a la ventana que da a la calle, vi pasar a alguien por la acera. Caminaba mientras revisaba su mochila. Encontró algo que no le servía, lo sacó y lo tiró al viento, junto con dos o tres papeles más. Siguió su rumbo, raudo y veloz.
Su basura quedó desparramada por toda la vereda. Una vereda que, irónicamente, estaba hermosa gracias al laburo que vienen haciendo los gurises de Tacurú. Me dolió. Ver cómo el desprecio de uno destruye el esfuerzo de muchos en un segundo.
Esa escena me activó un recuerdo de la semana pasada…
Acto 2: Justicia poética en pleno Centro.
Iba caminando por una de las avenidas principales de Montevideo. A lo lejos, vi a un señor dentro de un auto estacionado haciendo exactamente lo mismo: revisaba sus cosas y lo que le sobraba, lo tiraba por la ventana. Con una soltura y una naturalidad pasmosas.
Ya me estaba preparando para rezongar para mis adentros mientras cruzaba la esquina cuando, de repente, ocurrió la magia.
Delante de mí, un inspector de tránsito —tan indignado como yo— se dirigió al auto, levantó el papel del suelo, le hizo bajar el vidrio al conductor y se lo devolvió.
Yo seguí caminando porque iba en otra misión, pero admito que sentí una alegría inmensa. Alguien lo corrigió. Alguien le puso un límite a la viveza.
¿Rezongar sirve para algo?
Ojalá que ese conductor lo recuerde la próxima vez que intente usar la calle de papelera. Sí, ya sé lo que están pensando: qué idealista. Pero si nos vamos a quejar de lo que está mal, por lo menos tengamos la esperanza de que, a través del rezongo y la exposición, se pueda crear un poquito de conciencia. ¿O no?
¿Y vos qué opinás? ¿Sos de los que se guardan el papel en el bolsillo hasta encontrar un tacho o ya perdiste la fe en la educación de la gente? Te leo en los comentarios.